lunes, 31 de octubre de 2011

Calabazas encendidas.

La céntrica avenida del pueblo de City Valls, se entregaba al deseo de sus habitantes, de celebrar la tradicional noche de Halloween. Las calabazas encendidas y los disfraces de los niños acompañados de sus risas y canciones, alegraban una noche sin estrellas.
Cada habitante era presa del desenfrenado deseo de vivir y disfrutar la noche más satánica del año, menos ella, la oscura e impenetrable María.
Ella veía en esta noche algo más que una celebración, anhelaba el regreso de su amo y señor. Discípula fiel de las druidas satánicas, María alimentaba su alma con recuerdos de antaño, cuando vagaba con sus hermanas por aldeas y poblados robando almas ingenuas.
En sus manos la gran biblia satánica, y en su voz el deseo de atravesar el inframundo y regresar al rebaño de impuros e inmorales fieles amantes del desorden y el caos.
Un gran lamento rompió el silencio de su infesta morada, y la oscuridad golpeo el pueblo de City Valls. Por las calles brotaba un manantial de blancas cucarachas, y en el cielo, miles de cuervos graznaban con hambre de almas vírgenes.
Los ojos de María  observaban extasiados el regreso de la oscuridad, mientras los alegres cantos infantiles se tornaban en llantos y lamentos. La sangre caminaba en oleadas por el tranquilo pueblo, mientras los hombres marchaban con la mirada perdida hacia el desfiladero de los condenados.
En City Valls la noche se tornó fría, oscura, gris, mientras las druidas volaban en busca de más almas que devorar, atrapar, condenar.
"Noche de muertos vivientes...", repetía María, "... reinar en este día con la fuerza del mal, borrando la bondad del universo. Señor de las tinieblas, venid a mi, devolver a esta hija, sierva y esclava a tus regazos. Liberarme de vivir en el tormento de estar condenada a vagar de siglo en siglo entre mortales, que han perdido el miedo a tu presencia, convirtiendo esta, tu noche, en una fiesta de calabazas y caramelos".

La daga pensante.

sábado, 29 de octubre de 2011

La pianista de las notas mudas.

Disfrutaba viendo a mi madre oler las azucenas antes de cada concierto, como si el aroma de las flores calmaran su ansiedad.
Disfrutaba viéndola vestir sus trajes de fina seda, mientras tarareaba alguna canción. Cada noche, besaba mis mejillas y me recitaba una poesía antes de salir al escenario. Después con paso firme, casi marcial, iba al encuentro de su gigantesco piano, aguantando la respiración unos segundos, y como ella el público en platea también enmudecía, tras estallidos espontáneos de aplausos.
Sus finas manos acariciaban las teclas de aquel gigantesco piano, y las teclas le regalaban inolvidables melodías. Bella fusión entre piano y pianista, armonía lírica propia del que ama el arte de expresarse en corcheas y semi corcheas.
Escucharla, era como contemplar un cuadro o leer un mágico poema. Las melódicas notas transportaban al oyente a un mundo espiritual lleno de enigmáticas emociones, despertando sueños sensoriales más allá de la profundidad poética.
El público en platea, se entregaba a una mujer y un piano, convertidos en mágicos amantes de la lira.
Disfrutaba viendo a mi madre y a su universo de siete notas.
Hoy mi madre vive presa del castigo de los años, mirando un horizonte e intentando descubrir desde la soledad de su silla de ruedas, a un publico inexistente al cual les regala una sonrisa mental. Como mentalmente sigue oliendo sus azucenas, y dirigiéndose con aire marcial al encuentro de su gigantesco piano. En los ojos donde habitaba la admiración, hoy corren lágrimas al ver como la diosa de las corcheas y semi corcheas, articula sus manos en un piano imaginario, arrancando mudas melodías, mientras el Alzheimer devora su rítmica vida.
Triste destino, cruel final para la amante de la lira, la mujer que entre finas caricias, arrebataba al frío marfil melódicas notas que transportaba al publico en platea a un mundo de sueños y fantasía.

La daga pensante.

jueves, 27 de octubre de 2011

El reino de la desesperanza.

Hay un lugar en el mundo, donde la inocencia no tiene rojizas mejillas, sino un desperanzado rostro infantil.
Hay un lugar en el mundo, donde el hambre reina con mano dura aferrándose al trono de los olvidados.
Un lugar donde la vida, no es vida, y el dolor es un rito amargo edulcorado con ruegos y suplicas.
Un lugar olvidado sin motivos ni razón, donde la compasión del hombre se pierde en palabras de esperanza sin ninguna acción.
En el cuerno de África, hace años el mañana dejó de existir y el quizás emigró a tierras menos cálidas.
En el cuerno de África, el sol castiga con agónicas sequías y los animales se convierten en pasto de la carroña. El odio, el hambre y el desasosiego se ha apoderado de una tierra, que hasta el diablo aleja de sus dominios.
Duele, en lo más profundo de la conciencia humana, que haya un sitio vacío de esperanza y alegría.
Duele, en lo más profundo de la verdad callada, que donde no hay recursos que explotar, tampoco haya derecho a la vida.
Que libertad sea una palabra ligada a pocas verdades y muchas mentiras.
Que felicidad no sea un derecho divino, sino el sorteo de una moneda al aire.
Que el desinterés se haya convertido en parte de nuestra rutina, siendo incapaces de reaccionar ante el reflejo de una realidad tan inmensamente dura.
Hay un lugar en el mundo, donde la muerte tiene rostro de niño, de joven, de mujer, de anciano...
Un lugar donde ya no se ríe, no se llora, no se habla...
Un lugar que agoniza.
Un lugar con nombre propio, Somalia, y al que todos llamamos el cuerno de África.

La daga pensante.

martes, 25 de octubre de 2011

En cinco pasos.

La noche se hacía imposible para Albert, un extensivo cáncer minaba sus pulmones, haciéndolo presa de intensos dolores y fatiga. En su mesilla de noche, un frasco de pastillas, y en su voluntad el dejar de vivir, o mejor dicho, dejar de sufrir.
Una llamada oportuna, lo sacó de su agonía. Al otro lado del teléfono , una voz requería sus servicios como psicólogo. No era un cliente más, ni una citada charla en la universidad, sino que era la policía.
Albert se vistió mientras conversaba con su imagen, tan desgastada y angustiada por el caminar exterminador del cáncer en sus pulmones.
Al llegar al aparcamiento del edificio policial, una fuerte tos le hizo esputar una gran mancha de sangre en su pañuelo. El fin esta cerca ya, se dijo. Y con paso cansado se dirigió al interior del edificio donde lo esperaba el inspector Dhom, dueño de aquella voz que instantes antes lo sacó de sus lamentaciones.
-Digame inspector porque me han llamado.- Preguntó Albert.
-Hace días, que tenemos la intención de arrancar la confesión de un asesino múltiple, al cual las pruebas incriminan. Pero se resiste ha decir donde están los cuerpo, y como hace años usted me ayudó en una investigación, pensé que nos sería útil. Y la verdad, estamos desesperados.
Albert sonrió, y le pidió que lo llevara delante del detenido. También exigió estar solo, tener las llaves de las esposas y un pequeño objeto afilado.
-Eso es imposible, doctor.- Exclamó el inspector.
-Solo una reflexión viejo amigo. Me estoy muriendo y no tengo mucho tiempo para discutir, o me da lo que le pido o me voy a maldecir a Dios a mi casa.
El inspector se encogió de hombros y pidió que le entregaran al psicólogo lo que exigía. Mientras le deseaba suerte en el interrogatorio.
Albert, entró al cuarto del interrogatorio con el mismo andar fatigado con el que instantes antes cruzaba el umbral de la comisaria.Frente a él, sentado, había un hombre de mirada tranquila, poco volumen corporal y baja estatura.
Aquel hombre observó al enfermo psicólogo, que con pasos lentos y cortos, le desataba las manos y los pies de sus metálicos yugos.Albert se sentó detrás de la mesa de interrogatorios, abrió su maletín y sacó un juego de ajedrez. Organizó las fichas en el tablero y miró al detenido, como si de algún lejano amigo se tratase.
-Bien amigo, en este momento y entre estas cuatro paredes, es usted libre. Puede matarme si lo desea, aunque le advierto, estoy en fase terminal y me haría usted un gran favor, al igual que a la policía que ya tendría un  cuerpo y un asesinato demostrable. Para mí sería fácil desquiciarle y provocar lo descrito, pero pienso que la muerte debe de ser un acto digno y no lo haré. Solo una pregunta, ¿juega usted al ajedrez?
El detenido asintió con la cabeza.
-Entonces juguemos-, dijo Albert mientras giraba el tablero con las fichas blancas cara al detenido.
Hora y media duró la partida, teniendo como resultado la derrota del enfermo psicólogo. Albert se levantó, se dirigió a la pared de espejo e hizo una señal para que entrara el inspector.
-¡Ya se lo que quiere saber!-, exclamó.
-¿Cómo?- preguntó el inspector.
-Jugando al ajedrez.
-¿Expliquese?
-Este señor, como bien dijo usted, es culpable. Seleccionó a sus víctimas de manera consciente y las tiene enterradas en el campo, o mejor dicho, detrás de una casa de campo.
-Y todo eso lo sabe por jugar al ajedrez-, replicó el detenido con cara de sorpresa.
-No señor, todo eso lo se, porque usted me lo contó jugando al ajedrez.
-Pero va a decir donde están o no.- Exasperó el inspector.
-Tranquilo amigo, para empezar les diré que el ajedrez es mas que un juego, es psicología. El primer movimiento que usted realizó fue con el caballo, dandome la concepción de que tiene como refugio los lugares de campo. Después fue entregando sus peones de manera obsesiva, proyectando un odio incontrolado a la sociedad y a las personas, pero sabe jugar al ajedrez, lo que indica que ha triunfado en la sociedad. Cada movimiento lo iniciaba con la dama, exponiéndola, lo que también me llevó a la conclusión de que tenía una relación nada agradable con su madre. Nunca enrocó al rey, dandome el dato de que se crió sin padre o lejos de el. Y por último, nunca arriesgó las torres y siempre las defendió con los caballos. Conclusión, usted asesinó porque odia la sociedad, enterrando los cuerpos en una casa de campo propiedad de su madre.
El inspector Dhom, escuchaba incrédulo, mientras que el ya desenmascarado asesino, se abalanzaba sobre la mesa buscando el pequeño objeto cortante que hora y media antes había depositado el enfermo psicólogo, recibiendo un fuerte impacto por parte del mismo.
-Le dije que la muerte era un acto honorable- exclamó Albert mientras secaba unas pequeñas gotas de sudor y guardaba su tablero de ajedrez, y dirigiéndose hacia la puerta dijo con voz flemática:
-Bueno viejo amigo, ya yo no pinto nada aquí, me voy a mi casa a maldecir mi destino. Gracias por robar un poco de mi escaso tiempo, para resolver un buen enigma. Que la vida le sonría pero no con sonrisas de sangre como a mí.

La daga pensante.

viernes, 21 de octubre de 2011

El regreso del diablo.

He vuelto, aquí estoy.
Dispuesto a recoger los frutos que un día sembré, mis hijos han hecho un buen trabajo. Mientas yo, sentado en mi infernal pedestal, veía como se consumía la humanidad en la lujuria y la codicia. En su malvada y primitiva naturaleza de raza dominante.
Mientas el señor de los cielos, rey de la bondad, los abandonaba a su suerte. Hasta sus propios hijos se han olvidado de guiar al rebaño, convirtiéndose en ovejas descarriadas.
Aún recuerdo aquellos siglos, donde nos lanzábamos retos, y luchabamos en sangrientos pulsos, seduciendo al humano a caer de un bando u otro.
Aún recuerdo la sangre derramada, y como persegias a mis hijos.
Aún recuerdo la fuerza de tu presencia y de tus palabras. Eras Dios, y todos te adoraban.
Pero te has convertido en un paradisiaco vagabundo, en una retorica no escuchada, en el eco de lo que un día fuiste.
Bien te lo advertí, no enfrentes al hombre, no prometas vidas cuando la vida acaba, no le prohibas que repriman sus instintos primarios, no les hagas creer que son tu imagen y semejanza, no los hagas débiles convirtiéndolos en dóciles esclavos de infortunio.
Porque los envías a vagar por mis dominios, yo soy el rey de la duda, del infortunio, del fracaso, de la mentira, de todo aquello que alegra y amarga.
Yo soy el diablo, y vengo a recoger los frutos que un día sembré y que tú tan bien has cuidado.

La daga pensante.

La princesa de los muros rotos.

Más allá de los confines del deseo, existía una tierra de verdes valles de pasión. Bañada por cristalinos lagos de ternura, donde el sediento verso encontraba abrigo y consuelo. Una tierra donde reinaba la inocencia, en un hermoso palacio rodeado de bellos jardines coloreados por la luz de la felicidad convertida en sol.
Más allá de los confines del deseo, existía un paraíso donde un día apareció el conquistador desconsuelo, y con pronta autoridad decidió hacer suyo aquel hermoso lugar.
Volviendo gris el cielo, convirtiendo los verdes valles de pasión en secos rastrojos de dudas, contaminando las cristalinas aguas de aquellos lagos de ternura en amargas y turbulentas.
Encerrando a la joven inocencia, princesa regente de aquel hermoso lugar, en un palacio quebradizo donde ya no habitaba el viajero verso, ni las dulces caricias hacían las veces de compañía de cámara.
Todo se volvió oscuro y gris.
Más allá de los confines del deseo ya no reinaba la inocencia, sino el desconsuelo, acompañado de un séquito de cobardes mentiras. Destruyendo todo lo bello, sembrando campos de odio y dolor, espinas y ninguna rosa.
Triste lugar donde el recuerdo vaga y la esperanza añora.
Triste lugar donde ya no se asoma el viajero verso, ni brilla la luz de la felicidad.
Triste lugar donde la inocencia, convertida en esclava del desconsuelo ,llora aquellos días donde su reino era un paraíso, más allá de los confines del deseo.

La daga pensante.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Bajo el palmar.

Cuentan que bajo el palmar se esconde el eco de batá. Que por las noche, la ceiba es testigo de las risas, historias y llantos de los Lucumí, Karabalí y Yorubas.
Que no es el cantar de un gallo, el que rompe el amanecer, sino el rugir de un león reclamando el regreso de sus hijos.
Cuentan que todavía, la brisa entrega el olor a caña, sudor y melao. Que si te detienes un rato, el eco se convierte en patakín, látigo, ruido de trapiche y central. Que aún de tarde en tarde, se dibuja la silueta del cimarrón en busca de mangos y colmenas de miel.
Cuentan que bajo el palmar se encuentra una historia convertida en tesoro, custodiada por dos palos el negrito y el pierde rumbo. Que si te acuestas sobre sus raíces, escuchas el susurro del mar, testigo mudo de barcos y barcos llenos de dolor y soledad atrapados en grilletes, confinados en bodegas, convertidos en cuerpos inertes, de los cuales arrancaron toda clase de dignidad.
 ¡Cuanto dolor encierran las noche bajo el palmar!
Pero cuentan aquellos que extraviados en la entrada del atardecer descansan bajo el palmar, que el cielo bajo la noche negra se ilumina, no por la luna ni las estrellas, sino por luciérnagas y cucullos, dejando ver a Changó, Oggún, Obatalá, que discuten hasta cuando sus hijos deben de aguantar.
-¡Si esto es prueba del destino, debe acabar!-, exclama Oggún con arrogancia, Changó asiente, Obatalá, rey soberano medita y con voz inquebrantable exclama:
-¡Basta ya, esta noche el corojo se tiene que quebrar!.
Oggún ruge, Changó se levanta, y en el cielo caracoleando una Centella avisa de la llegada de Ollá.
Eleggua siempre dispuesto, el camino ha de encontrar.
-Si es necesario de la tumba los muertos se levantarán- dice un viejo Cubayende que paso a paso entrega su voluntad.
Y en el mar, las olas rugen demostrando la ira de Yemayá.
Los Orishas hablan, los negros duermen, sin saber que al cantío de un gallo, se abre una nueva realidad.
La sangre corre, el machete blande y las notas de un himno suenan al compás del viento haciendo eco en el palmar.

La daga pensante.