Por su sangre corría la esquina, ese divino lugar donde los sueños nacen en la pequeña Habana, y en su garganta el infinito convertido en voz.
Mestiza de raíces profundas, hija de africano y española, Yolanda, nació en un barrio donde la melodía saludaba al vendedor ambulante en forma de pregón, para convertirse en la seductora amiga del bailarín callejero.
Su padre músico percusionista, comprendió desde muy temprano que a su hija los dioses africanos, le habían bendecido con el don de la voz, pero, con un corazón débil.
¿Que hacer?, se decía, la vida del artista es difícil y quiero que crezca y viva con buena salud.
Tomó la decisión de que la niña no cantara, pero el destino se escribe mucho antes de que se dicte, y la joven mulata decidió regalarle su voz al mundo.
Un diecisiete de septiembre, con sus canciones como único equipaje y una estampita de la Caridad del Cobre, como compañía, emigro al país donde los sueños viven esperando una oportunidad.
Yolanda pisó Miami, y Miami, se rindió a su voz.
Y desde allí, su garganta le contó al mundo, en forma de melodía, el sentir del mestizaje. En sus canciones siempre estuvieron presentes sus dioses africanos, y el recuerdo a Canarias.
Y en su mente, el volver a ver a aquel viejo percusionista que no quería que ella cantara.
Su corazón se debilitaba mientras su voz se hacía más reina, más infinita, más bella.
Los médicos le aconsejaban viajar a New York, pero ella se negaba a abandonar la calle 8 en Miami, y sobre todo, a hablar en un idioma que no fuera el español.
Se encerró en sí misma y guardó su voz, se alejó del mundo y de su público. Le ganó la tristeza.
Pero cuentan, que un día escucho el sonar de un tambor y su voz regresó.
Cantó para pocos, o para casi nadie. Su voz era inmensamente bella, cantaba mientras caminaba descalza por la calle 8 y su corazón se apagaba, viendo la silueta del percusionista desdibujada en el viento.
La daga pensante.
Mestiza de raíces profundas, hija de africano y española, Yolanda, nació en un barrio donde la melodía saludaba al vendedor ambulante en forma de pregón, para convertirse en la seductora amiga del bailarín callejero.
Su padre músico percusionista, comprendió desde muy temprano que a su hija los dioses africanos, le habían bendecido con el don de la voz, pero, con un corazón débil.
¿Que hacer?, se decía, la vida del artista es difícil y quiero que crezca y viva con buena salud.
Tomó la decisión de que la niña no cantara, pero el destino se escribe mucho antes de que se dicte, y la joven mulata decidió regalarle su voz al mundo.
Un diecisiete de septiembre, con sus canciones como único equipaje y una estampita de la Caridad del Cobre, como compañía, emigro al país donde los sueños viven esperando una oportunidad.
Yolanda pisó Miami, y Miami, se rindió a su voz.
Y desde allí, su garganta le contó al mundo, en forma de melodía, el sentir del mestizaje. En sus canciones siempre estuvieron presentes sus dioses africanos, y el recuerdo a Canarias.
Y en su mente, el volver a ver a aquel viejo percusionista que no quería que ella cantara.
Su corazón se debilitaba mientras su voz se hacía más reina, más infinita, más bella.
Los médicos le aconsejaban viajar a New York, pero ella se negaba a abandonar la calle 8 en Miami, y sobre todo, a hablar en un idioma que no fuera el español.
Se encerró en sí misma y guardó su voz, se alejó del mundo y de su público. Le ganó la tristeza.
Pero cuentan, que un día escucho el sonar de un tambor y su voz regresó.
Cantó para pocos, o para casi nadie. Su voz era inmensamente bella, cantaba mientras caminaba descalza por la calle 8 y su corazón se apagaba, viendo la silueta del percusionista desdibujada en el viento.
La daga pensante.





